viernes, 30 de diciembre de 2022

El chico de las listas

Hasta donde la memoria me alcanza, siempre he hecho listas. Soy incapaz de determinar el origen de esta manía mía que me acompaña desde niño, pero lo cierto es que las horas volaban mientras yo, en el escritorio de mi habitación, rellenaba cuadernos o simplemente hojas en blanco con la lista de los cromos que me faltaban para completar la colección de turno, con la de las películas que veía en la televisión, de las que anotaba fecha de estreno, director y actores principales, con la de los libros que iba leyendo, con la de las canciones que escuchaba y hasta con las de las novias que me iba echando y que irremisiblemente me dejaban a los dos días. Supongo que, no existiendo por entonces las distracciones tecnológicas que hoy ocupan buena parte del tiempo de nuestros hijos, mi imaginación y una clara tendencia a ordenar, que también se reflejaba en, por ejemplo, cómo estaban distribuidos mis libros en las estanterías, se aliaron para ofrecerme un entretenimiento en esos largos días de invierno en que nuestro ingenio era el juguete más común en los hogares españoles.

Catalogar y ordenar son actividades que me han servido sin ninguna duda para potenciar mi memoria, ampliar mis conocimientos y mejorar mis capacidades matemáticas, por no hablar de la tranquilidad que me anestesia cuando ando en estos menesteres. Como el que colecciona postales o el que ordena fotos en sus álbumes. Así soy yo con mis listas.  

Recuerdo que los sábados por la mañana que no tenía prevista ninguna otra actividad, me ponía el despertador para no quedarme dormido y encendía la radio, bolígrafo en mano y una cinta TDK virgen en mi "loro" de doble pletina, para engancharme hasta la hora de comer a Fernandisco y la Lista de los 40 e intentar conseguir grabaciones limpias de mis temas favoritos. Suponía un desafío ser capaz de pulsar las teclas Record y Stop en el momento justo para que la voz del locutor no se escuchase ni al inicio ni al final de la canción. No sólo llevaba una relación de los temas más radiados, sino que iba creando otra paralela con las que me gustaban más y, durante la semana, cuando escuchaba una de ellas en la radio, en mi dormitorio o incluso en el hilo musical de cualquier establecimiento, al regresar a casa cogía mi lista y ponía un palito al lado del tema en cuestión. Al llegar el sábado, mientras escuchaba los 40, actualizaba mi listado contando los palitos para ver cuáles habían sido las canciones que más había escuchado durante esos siete días y comparaba mi lista con la de la radio. Así durante años, incluso estando ya casado. Por supuesto, elaboraba también catálogos de los libros y discos que componían mi colección, algo que aún sigo haciendo, con la diferencia de que ahora conservo esos listados en la nube en lugar de en blocs de notas, y procuro poner esas bases de datos al día periódicamente.


Tengo por costumbre llegadas estas fechas, desde hace algunos años, revisar mis listas. Los libros que he leído y los discos que he escuchado durante estos trescientos sesenta y cinco días, y recomendarlos a través de las redes sociales. Me agrada compartir con los demás las cosas que me gustan y me siento muy satisfecho cuando alguna de esas personas, semanas después, me dice "joder, Santi, qué bueno ese libro que me comentaste, me lo leí en dos días". Cosas así. La oferta hoy en día es inabarcable y el acceso a la cultura está más abierto que nunca. Precisamente por eso encontrar un libro o un disco que nos entusiasme puede volverse una tarea laboriosa. La literatura y la música no son las únicas aficiones de las que disfruto, pero sí a las que más horas empleo, y por eso, por la cantidad de tiempo que les dedico, me gustaría recomendaros algunas novelas y discos que espero os gusten.

MIS LIBROS DE 2022

Las furias invisibles del corazón, de John Boyne.
Este autor irlandés saltó a la fama en el año 2006 gracias a su novela El niño del pijama a rayas. En su obra literaria, tanto la dirigida a adultos como al público infantil, sus personajes suelen ser niños que se enfrentan a situaciones que no deberían vivir. Aunque este libro se publicó en el año 2017 en Reino Unido y Estados Unidos, no ha llegado a nuestras librerías hasta este año. Relata, basándose en hechos reales, los casos de pederastia en la Iglesia católica irlandesa en los años setenta. Es una historia poderosa y sobrecogedora al mismo tiempo, narrada con una sensibilidad exquisita y una certera visión histórica.


Un país con tu nombre, de Alejandro Palomas.
Es este un autor peculiar. Tal es así que durante años los editores, a pesar de elogiar su obra, se negaban a publicarla por no saber cómo catalogarla. Fue a raíz de la trilogía compuesta por Una madre, Un niño y Un perro cuando recibió el reconocimiento de público y crítica. Un país con tu nombre es una hermosa novela que narra la relación entre un joven cuidador de un zoólogico y su vecina, una entrañable anciana enamorada de sus gatos.



Revolución, de Arturo Pérez-Reverte.
Don Arturo rara vez se queda fuera de mi lista. Siento desde hace muchos años gran predilección por su obra, por los escenarios que es capaz de crear y por la profundidad de sus personajes. En esta ocasión nos traslada al México de la revolución de Pancho Villa en una novela donde una vez más retrata con gran veracidad los hechos a través de unos protagonistas que enamoran con sus diálogos y su visión de la vida. 


Los incomprendidos, de Pedro Simón.
Descubrí a este autor el año pasado gracias a Los ingratos, Premio Primavera de Novela, y me sentí sumamente identificado por el conflicto entre padres y adolescentes que presenta en sus novelas. Los incomprendidos ahonda aún más en los motivos que empujan a unos y a otros a comportarse como lo hacen y a las negociaciones que se hacen necesarias para lograr una convivencia sana entre todos ellos. Y plantea una pregunta interesante: entre los adolescentes y sus padres, ¿quiénes son realmente los incomprendidos?



La llama de Focea, de Lorenzo Silva
No he encontrado, dentro de la novela negra española actual, personajes tan bien perfilados como son los investigadores de la Guardia Civil Bevilacqua y Chamorro. Pocos escritores en el panorama actual son capaces de crear unos diálogos tan bien construidos y que nos cuenten tanto de sus protagonistas al tiempo que nos plantean un nuevo caso, muy de actualidad, que deberán resolver. Son ya doce novelas de la serie y no me canso.


MIS DISCOS DE 2022

Entre las dudas y el azar, de Dani Fernández.
A este cantante ciudadrealeño le conocimos hace ya casi veinte años representando a España en el Festival de Eurovisión Junior, donde obtuvo un cuarto puesto. Fue luego miembro de la boyband Auryn, de corta vida pero de gran éxito entre el público adolescente. Ya como solista ha lanzado este año su segundo álbum y no he podido parar de escucharlo desde su publicación. El disco no tiene desperdicio, todas las canciones suman, creando el que para mí ha sido el mejor álbum español de 2022.


Only the strong survive, de Bruce Springsteen.
El Boss se resiste, a sus setenta y dos años, a bajarse del ring. Nos ha presentado este año un nuevo trabajo compuesto por versiones de temas R&B y Soul de los años 60 y 70 como Nightshift o When she was my girl. El clásico sonido Springsteen se entrelaza con estas clásicas melodías del sonido Motown para crear piezas únicas y con un estilo propio inigualable.



Leap, James Bay
Hay un grupo de artistas británicos, valientes y con aptitudes evidentes, que están revitalizando la música pop-rock y están empezando a alcanzar el éxito no sólo en toda Europa, sino también en los Estados Unidos. Tom Grennan, Tom Walker, Jamie Miller o Declan J. Donovan son algunos ejemplos, pero James Bay es posiblemente el más innovador de todos ellos. Ha presentado este año un disco redondo, desde Give me the reason, tema cargado de fuerza que abre el disco, hasta Better. Tres discos ya publicados y ninguno decepciona.



Animal, Fubambulista
Fascinado desde 2010 me tiene Diego Cantero con su proyecto de Funambulista. Magnífico letrista que nos ha regalado ya algunas canciones memorables como Quiero que vuelvas, Fiera o Viento a favor y que ahora nos entrega un álbum fascinante con temas tan alegres como Me gusta la vida, nostálgicos como Hasta que amaneciera o íntimos como Mi calma y tu ansiedad.


Trece, Sidecars
Juancho, el hermano de Leiva, lidera una vez más a Sidecars, posiblemente la mejor banda de pop-rock de este país actualmente, y nos presenta un disco redondo. Son ya casi quince años ofreciendo un repertorio con temas que te tocan el espinazo y que, en ocasiones, también te hacen bailar. Caballos salvajes o Precipicios son dos de las maravillas que contiene el álbum.


¡Feliz 2023! Y que la música y las letras os acompañen en todos vuestros momentos.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Otro día más

Hoy, dia de los Santos Inocentes, el desánimo a punto ha estado de doblegar mi ilusión por recuperarme. Desánimo. Creo que no hay mejor palabra para definir esta ausencia de motivación, esta falta de ganas, esta triste apatía. Son ya siete meses de inactividad laboral, conviviendo con un dolor que, aunque ya no es continuo, va y viene, recordándome que por ahora vivo apresado entre sus garras.

La combinación de fármacos ha logrado que, durante un par de semanas, las molestias se hayan reducido de forma notable, pero parece, como con medicamentos anteriores, que no son lo suficientemente eficaces para imponerse en esta carrera de fondo en la que he sido inscrito sin mi autorización y en la que el dolor vuelve a tomar la delantera. Son ya varios días en que de nuevo es lo último que siento por la noche al caer derrotado debido al efecto somnífero de la gabapentina, el Zardial, el metamizol y la duloxetina y es dolor lo que me despierta poco después del amanecer.


Hoy me he dejado ir. He desayunado y tan sólo  he encontrado en mi interior fuerzas para volver a la cama y dormitar hasta el mediodía, algo que sólo había hecho antes en las pocas ocasiones en las que he caído enfermo. He abierto los ojos en algún momento de mi duermevela sobresaltado por un sueño en el que revivía la angustia que me acompañó durante mi última experiencia laboral y reencontrándome con personas que la compartieron conmigo. Me he obligado a inspirar y espirar profundamente intentando apagar esa ansiedad. Y he debido volver a dormirme mientras lo hacía. Cuando mi cerebro finalmente ha mandado a mi cuerpo la orden de levantarme, que ya está bien, que hay cosas que hacer, algo lo ha impedido. Una pregunta inmensa, abrumadora. ¿Para qué? ¿Qué te espera hoy diferente? No he permitido que esa duda creciese más y me he puesto en marcha, buscando cosas con la que ocupar mi tiempo. Afeitarme, poner una lavadora, hacer la comida. Estar activo. Nuria me pide que me siente, que ella se ocupa, que si me excedo, luego me va a doler. Da lo mismo, va a doler igual y necesito no parar, la he respondido. No quiero pensar porque sé que hoy esta situación me puede superar y me niego a caer en ese pozo negro que llevo evitando con relativa soltura todo este tiempo.

Mi hijo pequeño, advertido por su madre, me ha dado un abrazo, uno de esos que últimamente ya no le cuesta tanto regalar, pero a los que todavía les falta contundencia. Me ha hecho, no obstante, sentir mejor. Una respuesta a la pregunta que me retenía en la cama, compadeciéndome de mí mismo. Un motivo para seguir peleando. Y sé que hay muchos otros, pero hoy me los tienen que recordar porque me cuesta hacerlo por mí mismo. Siento que tengo el derecho a bajar un poco los brazos, que merezco una tregua, pero también que la obligación de seguir atendiendo mis responsabilidades familiares y domésticas, de evitar que mis hijos se alarmen y de que mi mujer pueda descansar tranquila tras una noche de trabajo en el hospital son absolutamente prioritarias para mí.

Así que aquí estoy, esperando que la lavadora termine mientras preparo la comida y escribo estas líneas en el móvil. Las revisaré luego, si las molestias me lo permiten, sentado más tranquilo frente al ordenador antes de ejecutar el comando de publicar. Terminaré esas tres o cuatro entradas que tengo a medias y que tengo muchas ganas de compartir en días venideros. Leeré un rato y tal vez me siente a ver alguna serie esta tarde. Cenaremos en familia y charlaremos antes de que cada cual retome sus aficiones antes de acostarnos. Marcos jugará a la consola, Sergio verá un película en su habitación y Nuria, la pobre, caerá rendida en los brazos de Morfeo. Y yo me meteré en la cama de nuevo con la esperanza de sentirme mejor mañana.

Un día más burlando a este desánimo que a veces trata de dominar mi voluntad. Un día más convenciéndome a mí mismo y a los demás de que esto es pasajero, que volveré a ser quien fui. Que podré volver a trabajar. Que de nuevo seré capaz de ver un partido de mis hijos sin sentir que mi asiento en la grada es un potro de tortura. Que saldré, si me apetece, a quemar siete u ocho kilómetros caminando sin llevarme la mano al costado. Que guardaré nuevamente en el armario la manta eléctrica que ahora tanto alivio me proporciona. Que saldré a tomar unas cervezas con mis amigos sin tener que pasar ese rato removiéndome en la silla y buscando una postura cómoda que no encontraré. Que llevaré, en resumen, una vida normal.

Porque estoy convencido de ello. Debo estarlo. No puede ser de otra manera. Ese día llegará.




viernes, 23 de diciembre de 2022

Canción de Navidad

Son recuerdos mayoritatiamente entrañables los que mi memoria me devuelve al sumergirnos en estas fechas. Cada año aterrizo en las Navidades con una ilusión similar a la que debe sentir un niño al salir del colegio y ver que en la puerta están regalando sobres de sus cromos favoritos. Son recuerdos que me acompañan y que me protegen cuando llueven piedras sobre el sendero que recorro. Fueron forjados alrededor de una mesa adornada con motivos navideños, viandas más o menos suculentas, dependiendo de cómo anduviera la economía familiar, aunque eso fuese lo de menos, y sobre todo e imprescindible, mis seres queridos, compinchados alrededor del árbol de Navidad y embriagados por el espíritu de alegría que siempre traía consigo la Navidad.

Habrá a quien esta introducción le suene a tópico y a artificio. No faltarán este año los que hagan balance y les salga, como en los anteriores, negativo; tampoco los que una vez más deseen que esto pase cuanto antes para no tener que aguantar al suegro, a la cuñada o a la vecina del segundo, que también este año, para variar, habrá invitado a toda la familia a su casa y a los que sentiremos festejar hasta el amanecer; los que critiquen a aquellos que eligen, para expresar su felicidad o por el mero hecho de hacer ruido, petardos y cohetes; los que se lamenten de que la Navidad se ha convertido en un negocio para sólo unos pocos; los solitarios que se acuesten antes del discurso del Rey para obligar al sueño a terminar con esta pesadilla de guirnaldas, Santas invadiendo los centros comerciales y anuncios ñoños en televisión; los que han perdido a alguien importante que brindó con ellos el año pasado y sin los que no creen que puedan volver a vivir. Soy consciente de todo ello, sé que esas personas están ahí, tal vez al otro lado de la pared, y yo a nadie pretendo arrastrar hacia mi posición, que no es otra que la de aprovechar cada ocasión que la vida me ofrece para reír, amar y compartir, para decirle a mi mujer que cada día está más guapa y a mis hijos lo orgulloso que me siento de ser su padre. Siempre me he adentrado en la Navidad como en un campo de sueños donde todo es posible, pero también apenado por aquellos que no saben o no pueden experimentarla como lo hago yo.

Viene esta entrada a cuento de una conversación reciente por whatsapp con mi suegra -una de las más leales seguidoras de este blog-, con quien tendré este año la oportunidad de comerme las uvas en casa. Me comentaba que no anda ella con ánimo para celebraciones dado que los dos últimos años han sido complicados para esta familia en general y para ella en particular. Que 2022 trajo consigo una sucesión de pesares que exigen de ella un esfuerzo considerable si de festejar algo se trata. Fue en ese momento cuando comencé a reflexionar sobre mis Navidades. Como en el cuento de Dickens, sobre las pasadas, las presentes y las futuras.

NAVIDADES PASADAS

Dentro de poco publicaré un texto sobre dos personas cuya manera de entender la vida y la familia me marcaron de niño. Os contaré su historia de amor, la de dos jóvenes a los que la Guerra Civil unió de una manera que ni el mejor escritor podría haber ideado, la de dos seres que vivieron siempre agradecidos por la suerte que habían tenido de encontrarse y de construir todo lo que juntos construyeron. Ellos eran Navidad. La recuerdo a ella cantando villancicos y a él, con su voz de barítono, acompañándola siempre, incluso cuando el Alzheimer la atrapó entre sus garras. Vivieron con una sonrisa hasta el último de sus días. O al menos mientras fueron dueños de sus conciencias. Y aunque no están con nosotros desde hace mucho tiempo -se fueron casi de la mano, amarraditos los dos, mediando entre ambas pérdidas menos de dos meses- les siento cerca en todo momento, especialmente en días como estos. Y le oigo a él recitando, en los postres, esa poesía en italiano que tanto nos divertía. Y la risa cantarina de ella como música de fondo, sin importar la cantidad de veces que, en público o en privado, la hubiese escuchado ya. Les veo así, abrazados a nuestro lado, eternamente enamorados, brindando, cada vez que la familia se reúne. Santiago y Soledad, mis abuelos maternos. Celebrando, porque siempre, aunque a veces nos cueste verlo, hay algo que celebrar.


NAVIDADES PRESENTES


Canta Dani Fernández en una de sus canciones que "ha sido un año de mierda, merecemos bailar". No entraré en detalles porque sobre los más dolorosos ya he escrito en entradas anteriores, pero la suerte no me ha acompañado en 2022 y mi futuro se presenta incierto. Supongo que tendría motivos para recibir la Navidad desganado y que todo el mundo lo entendería. Que a nadie le sorprendería que recibiese a mis invitados o visitase yo a quienes me invitan en Nochebuena o en Nochevieja portando la bandera del desánimo. Sé que nadie me reprocharía nada. Pero eso no va a ocurrir. Por respeto a mis abuelos, que nos enseñaron a ver siempre la botella medio llena y a los que homenajeamos cada Navidad, incluso el primer año que nos faltaron, con risas, chistes, juegos y canciones. Por respeto a los que sí están a mi lado y que ruego cada día por que sigan acompañándome mucho tiempo: mi mujer, mis hijos, mis padres, mi suegra, mis hermanos, cuñados y cuñadas, mis sobrinos, tíos, tías y amigos. Y sobre todo, por respeto a mí mismo, porque este año, más que ningún otro, me lo he ganado. Me merezco bailar.

Recordaré a los que ya no están, por supuesto. Familiares y amigos a los que perdí por el camino, pero no con lágrimas en los ojos, sino con la copa colmada, una sonrisa en la cara y con la imagen en la retina de aquellas veces en que juntos fuimos felices, de todo lo que pudimos compartir. Y lo haré agradecido por haber vivido esos momentos. Deprimirme, llorar, lamentarme... hay más días que longanlzas a lo largo del año para dejar que la tristeza allane la morada que habito. Creo que donde hay una silla vacía, un baúl lleno de recuerdos ocupa su lugar. Que donde un problema toma asiento, surge una nueva oportunidad. Que donde una lágrima se derrama, siempre hay un pañuelo y un hombro sobre el que recostarse. Que si una dolencia nos achaca, la esperanza de una curación nos aliviará. Que si una botella queda vacía, siempre se puede abrir otra. Pero a nadie pretendo convertir. Las Navidades se llevan dentro o no, tanto en verano como en invierno, de niño o siendo un anciano. A veces se alejan cuando un ser querido nos abandona y ya no vuelven nunca más. O regresan con más fuerza cuando alguien nuevo se cruza en nuestro camino. Sé que a veces no se puede elegir, que en ocasiones nos pesa tanto la vida que no somos capaces de arrancarnos esa mochila ni tan siquiera durante un par de horas. No es mi caso, al menos por el momento, y por ello daré gracias un año más brindando con quien desee hacerlo.



NAVIDADES FUTURAS

Carpe Diem. Aprovecha el momento. No suelo hacer planes a largo plazo, intento disfrutar del presente sin pensar demasiado en el futuro. De hecho creo que cuando el futuro está demasiado presente uno deja de vivir. Me gusta tener mi agenda organizada, pero pocas veces planifico lo que haré dentro de un mes o un año porque, como reza ese dicho mejicano, "cuando te toca ni aunque te quites, y cuando no te toca, ni aunque te pongas" o ese otro más nuestro: "el hombre propone y Dios dispone".

Sé que quiero morir viviendo. Pero también sé que lo que nos diferencia del resto de seres vivos es nuestra capacidad de soñar. Disfrutar de este instante en el que escribo estas líneas no implica que no esté soñando con las que escribiré mañana. Y la esencia de las Navidades son los sueños.

Sueño con que todas las Nocheviejas venideras sean mis labios los primeros que mi mujer bese tras tomar las uvas.

Sueño con que mis padres compartan conmigo muchos veinticincos de diciembre más y que puedan celebrarlos, en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, con sus bisnietos, si  es que mis hijos deciden un día ser padres.

Sueño con que Sergio y Marcos nos abracen fuerte frente al árbol de Navidad cuando seamos nosotros los que necesitemos cuidados y protección. Sueño con que nos reunamos alrededor de una larga mesa el día de Navidad y nos riamos recordando cómo eran las mañanas de Reyes cuando ellos eran pequeños. Sueño con que no dejen nunca de soñar. 

Sueño con que mis hermanos, a pesar de la distancia que nos separa, vivan largas vidas, que siempre estén bien acompañados y que yo siga formando parte de sus vidas.

Sueño con que, aunque un día nos pueda faltar la salud, el dinero o el trabajo, haya siempre a nuestro alrededor personas que nos acompañen y que se animen a cantar una canción de esperanza a nuestro lado.

Mis Navidades futuras son un regalo aún por abrir y yo, al soñar con ellas, no puedo evitar sentirme como aquel niño a quien tanto le costaba conciliar el sueño la noche de Reyes, mareado aún por la excitación de la cabalgata y por la ilusión de que al despertar, junto al árbol de Navidad, además de algún libro o algún juguete, mis seres queridos estarían allí para alumbrarme con su amor.


miércoles, 21 de diciembre de 2022

Salida de emergencia

Todos necesitamos una salida de emergencia para que nuestro cerebro abandone la sala y se oxigene de tarde en tarde. Más allá de la habitual estrategia de meter cuatro trapos en la maleta y escapar un fin de semana para poner distancia entre nosotros y nuestro día a día, con sus agobios y preocupaciones, necesitamos proporcionar a nuestras neuronas un respiro a diario. Leer y escribir son, desde que era tan solo un niño, las que a mí mejor me funcionan y durante estos dos últimos meses, gracias a este blog, las mías han comenzado a adquirir un tono de lo más saludable. Se trata de arrastrar a nuestra conciencia a un espacio en el que flotamos y donde el tiempo fluye de manera distinta. Admito que escribiendo estoy tan a gusto, antiguamente con bolígrafo y papel y ahora aporreando el teclado, que a veces se me olvida ser un poco más breve y directo. Puede dar fe de ello mi sufrida esposa, a la que durante años bombardeé con largas cartas de amor que ella aún conserva. También pueden dar testimonio las personas que conmigo han trabajado estos años y a las que les enviaba correos electrónicos en los que , aunque me refiriese a asuntos tan triviales como los porcentajes de nivel de servicio o los tiempos medios de conversación, cuidaba cada acento, cada coma y el sentido de cada frase y que siempre me recomendaban, después de haberlos leído, "menos literatura, que escribes muy bien y eso, Santi, pero al grano". Creo que no soy breve ni por whatsapp. Quienes se relajan haciendo puzzles o pintando cuadros, por poner un par de ejemplos, me entenderán.  Creo con sinceridad (y envidia sana) que quienes pueden vivir de la escritura disfrutan de uno de los trabajos más hermosos y gratificantes del mundo.

A pesar de la satisfacción que me proporciona esta afición, no me resulta sencillo. No me refiero al acto en sí de sentarme ante una hoja en blanco, sino al que entraña engarzar las palabras de manera que transmitan exactamente lo que uno quiere decir, de que lo escrito resulte coherente y a la vez formalmente aceptable. Preocuparte de que en ciertas ocasiones "tenaz" encaja mejor que "constante" en una frase, de que no debo emplear de nuevo el verbo "usar" porque ya lo he utilizado en la frase anterior... Esas cosas. Sospecho que detrás de ese afán se encuentran agazapadas mi formación en Letras y la gran cantidad de horas que dedico a leer a otros. Ambas cojeras, como diría un buen amigo refiriéndose a esos pequeños defectos con los que todos viajamos por esta vida, me hacen ser exasperantemente exigente conmigo mismo. Las entradas que aquí publico, que se leen en no más de dos minutos, tienen detrás horas de trabajo. Soy consciente por ello de que si algún día me da por escribir una novela, tardaré años en terminarla. Si es que me da por ahí...


Pero yo quería hablar de lo que leemos, que es otra de las maneras de alejarme del mundo y mandar de vacaciones a mi cabeza. Hoy compramos sobre todo historias, no literatura. Libros que alcanzan la cima de los más vendidos con historias que te seducen, pero que evidencian un cuidado ínfimo por el cómo te las cuentan. Se busca mayoritariamente el entretenimiento. Y lo mismo ocurre con el cine o la televisión. Esas series y películas cargadas de efectos especiales, escenarios creados mediante ordenador, actores que se limitan a leer un guión sin ser capaces, por desidia o negligencia, de dotar a sus personajes de una personalidad propia que resulte mínimamente atractiva. Yo casi siempre persigo algo más: que me obliguen a releer un diálogo bien escrito para perderme por todas sus aristas, que zarandeen mi curiosidad sobre algún asunto o momento de la historia concretos o simplemente que me hagan plantearme preguntas de carácter más íntimo y profundo. Como lector o espectador me importa el qué, pero es el cómo lo que me va a enganchar a ese producto.

La novela negra es un claro ejemplo de lo que intento argumentar, ahora que en nuestro país -y de ello planeo hablar en otra entrada de este blog- las librerías y las plataformas digitales están saturadas del género. No es lo mismo leer a Juan Gómez-Jurado que perderse en el mundo del sargento Bevilacqua creado por Lorenzo Silva. Como tampoco es igual ver en pantalla al casi siempre ininteligible Mario Casas que corear con olés cada gesto de ese excelso actor que es Luis Tósar. Los primeros entretienen con más o menos acierto, a los segundos eso se les presupone y van más allá, crean arte. Comparar a unos y a otros es como hacerlo entre comerte un chuletón de Mercadona en tu cocina viendo La isla de las tentaciones o comértelo en un restaurante del centro de Ávila con vistas a la catedral. No es lo mismo, aunque respeto a los que puedan preferir lo primero (mentira piadosa, sin compasión para ellos).

Hay otro grupo de escritores -aunque utilizo el término al hacer referencia a ellos más por cortesía que por méritos, ya que considero que degradan el oficio- que simplemente detectan un nicho de mercado por explotar, copan las listas de los más vendidos, se hacen millonarios tan sólo con las ventas de los derechos de autor a las grandes productoras de cine y televisión, se vienen inevitablemente arriba y siguen pariendo criaturas literarias de difícil digestión para aquellos que amamos las letras. El ejemplo más claro que me viene a la cabeza en este momento es E. L. James y sus "Cincuenta sombras de Grey". Si le quitas el morbo que puedan o no tener sus historias y la polémica que generó la cosificación de la mujer presente en todas sus páginas, y te concentras únicamente en analizar lo escrito, seguramente te sucederá como a mí: no llegarás a la segunda página. Mira que pocas veces he dejado sin terminar un libro y jamás lo he abandonado antes de la página cien -ese es el margen que le doy a cualquiera que pasa por mis manos-, pero con este, insisto, no pude finalizar el primer capítulo. Y no lo tiré directamente a la basura por respeto al medio ambiente y a los demás papeles y cartones que había ya en el cubo. Gramatical y estilísticamente es una aberración. Y sin embargo, ahí está, fenómeno mundial y cheque en blanco para todo lo que su creadora desee hacer de ahora en adelante. Si es que ha hecho algo más, que lo desconozco, porque el dinero le tiene que estar todavía brotando por todos los orificios de su poco agraciado cuerpo (lo admito, la he buscado en Google Imágenes).

Escribir es un arte y como ocurre en cualquiera de sus expresiones, hay artistas verdaderos, aspirantes a serlo, imitadores y auténticos bluffs. Aplaudo con las orejas cuando veo que en las librerías se agota la novela póstuma de Almudena Grandes, la última creación de Alejandro Palomas, la reedición de un García-Márquez o cuando un joven y desconocido autor toca la fibra de miles de españoles con textos de calidad. Por el contrario, se me saltan unas lágrimas gordas como guisantes, que me deforman el rostro cuando se deslizan por mis pómulos, cuando los españoles nos volvemos locos comprando la biografía de Risto de Ubrique o Jesulín Mejide. Por no hablar de cuando veo a alguien ningunear las letras de Joaquín Sabina y alabar las de Bad Bunny. Se me afila el colmillo.

Como escritor aficionado y lector empedernido, creo que poseo criterio literario suficiente para afirmar que mi manera de escribir se encuentra a años luz de los autores que admiro y que, muy a mi pesar, nunca seré capaz de crear algo que pueda compartir estantería con sus obras, algo que tampoco pretendo en cualquier caso. Para mí la literatura, a un lado o al otro de las páginas, es un simple ejercicio de salud mental, de ventilar de vez en cuando la buhardilla para que no se acumule el polvo y pueda circular aire fresco. Es, siempre, mi salida de emergencia.

 

lunes, 19 de diciembre de 2022

Esto no se dice

Alejandro es, entre otras cosas, traductor y escritor, tiene cincuenta y cinco años y cuando sólo contaba ocho fue violado en repetidas ocasiones por su maestro y tutor, un sacerdote del colegio La Salle en Barcelona. Sufrió también durante toda su etapa escolar acoso por parte de sus compañeros. Durante más de la mitad de su vida, la ayuda de psicólogos y terapeutas para intentar comprender lo que le sucedió y para conseguir llevar una vida medianamente normal le ha resultado indispensable. Padeció durante años y de manera intermitente el síndrome de fatiga crónica como consecuencia de aquellas experiencias. Afectivamente se vio incapacitado hasta su madurez para abrazar y ser abrazado, incluso por su madre. Le aterrorizaba el contacto físico con otra persona, su cuerpo interpretaba que cualquier gesto de estas características implicaba una exigencia sexual. Tras varios intentos, ha renunciado a la vida en pareja.Recientemente se trasladó con sus perros al valle del Batzán y vive aislado del mundo porque afirma necesitar el silencio, ya no sólo para escribir, sino sobre todo para poder respirar. Antes de esto residía en un pequeño pueblo de tan sólo seis viviendas en la provincia de Barcelona, ciudad de la que es originario.




No sería hasta el fallecimiento de su madre, el gran pilar de su vida, cuando tomó la decisión de hacer públicos los acontecimientos que marcaron su niñez y los numerosos "esto no se dice" que determinaron el tipo de persona que es y la vida que aquellos hechos le han permitido llevar. Fue a principios de este año que termina cuando dio el paso y confesó en una entrevista su historia. Era ya por entonces un autor reconocido por crítica y público gracias a la concesión del Premio Nadal en el año 2018 por la novela "Un amor" y por el éxito de la trilogía compuesta por "Una madre", "Un niño" y "Un perro", publicada entre 2014 y 2016, pero poco se había filtrado hasta el momento sobre su vida personal.     

Yo descubrí a Alejandro Palomas a finales de 2019. Él llevaba alternando su labor como traductor y su trabajo como novelista desde el año 2002, pero había pasado completamente desapercibido bajo mi radar hasta que en 2018 le concedieron uno de los premios más destacados del sector editorial español: el Nadal. Un amor permaneció casi un año entero camuflado en la memoria de mi Kindle, esperando a ser abierto y descubierto. Fue 2019 un año en que intenté recuperar el tiempo que había perdido durante los dos anteriores, en los que, por circunstancias laborales, había leído menos de lo habitual y se me habían ido acumulando numerosos títulos a los que di mayor prioridad. 

A la novela de Alejandro le llegó el turno a principios del mes de diciembre de 2019, tras haber finalizado El beso azul, de Jordi Serra i Fabra. Se convirtió al momento y sólo con ese trabajo en uno de mis escritores de cabecera, por su virtuosismo literario y emocional y por lo entrañable que resulta la familia protagonista y especialmente Amalia, un reflejo de la madre del propio Alejandro. Supe que esta novela era una más de una serie que se había iniciado con Una madre y antes de finalizar el año devoré toda la saga, quedándome, al terminarla, con esa sensación de necesitar más que algunos lectores perseguimos y adoramos. Es como esa tristeza que a uno le invade cuando algo importante llega a su fin. Cuando decimos qué bonito ha sido y no quiero que se acabe.

Durante estos tres años, como un drogadicto con reservas limitadas, he ido dosificando las novelas de Alejandro, leyéndolas despacio, dejándome contagiar por su manera de contar las cosas, permitiendo que sus personajes me acaricien el corazón, descubriendo un poco más a la persona que hay detrás de sus relatos.


Y estoy echando el cierre literario a mi 2022 tal y como finiquité 2019: con un libro suyo en mi mesilla. El que este pasado mes de septiembre publicó y que se titula Esto no se dice, el relato descarnado y poderoso de su propia existencia, narrado desde la perspectiva de un Alejandro que revive su infancia una vez más a pecho descubierto, un Alejandro que parece por fin en paz consigo mismo, un Alejandro que, después de mucho vagar, ha encontrado su lugar en el mundo.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Lo que la cancha nos da: no es oro todo lo que reluce

Después de los éxitos cosechados la temporada anterior por Sergio, de liberarnos de la bendita presión generada por el interés de distintos clubes en él y de disfrutar los cuatro de un merecido descanso en el que entonces era nuestro lugar de veraneo favorito, Oropesa del Mar, volvimos a las canchas en septiembre de 2016 con fuerzas renovadas, ganas de seguir disfrutando y curiosidad por conocer a los nuevos compañeros de Marcos.

Pocas veces le habíamos visto tan ilusionado como en los días previos a su primer entrenamiento. Intento entender a ese niño de ocho años, pegado siempre a su balón de baloncesto y viviendo en segundo plano todas las experiencias de primer nivel que su hermano mayor había protagonizado, y creo comprender que estaba ansioso por formar también parte de aquel pequeño circo. Observaba Marcos los lazos que Sergio había forjado con sus compañeros y aguardaba con expectación el momento de disponer de la misma oportunidad. Así que aquel día, en el que conoció a los que durante estos años han sido sus cómplices sobre la cancha, no dejó de hablar de todos ellos hasta que el sueño le venció. Y de su entrenador, Juanpe, también en Las Rozas ahora, la persona que durante aquellos dos primeros años trató de inculcar en ellos unos valores humanos y deportivos que aún hoy están detrás de su forma de jugar y comportarse.

Se alinearon en aquel grupo todos los factores necesarios para que aquellos dos primeros años constituyesen una de las experiencias más especiales que hemos vivido en el baloncesto: un grupo de chavales con un nivel técnico sobresaliente, un cuerpo técnico con una  visión orientada de manera innegociable a la formación y un grupo de padres,  mayoritariamente adictos al baloncesto y dotados de una calidad humana formidable. Todo fluyó aquella temporada de una manera mágica y al mismo tiempo natural. Pero estábamos a punto de descubrir que no es oro todo lo que reluce.


Mientras tanto, Sergio recibía como "premio" por haber rechazado la propuesta del Real Madrid el privilegio de convertirse aquel año en el jugador franquicia de su generación en Alcorcón Basket. Aunque por edad le correspondía formar parte del equipo Preinfantil, donde estaban sus amigos, iba a tener ficha con el equipo Infantil, compitiendo en Oro contra los grandes equipos de Madrid. Si bien a nivel humano no era lo que él deseaba, nadie podía negar que deportivamente el club le estaba ofreciendo una oportunidad fantástica. En su caso, no obstante, descubriríamos también aquel año que hasta entonces sólo habíamos conocido el lado más amable del baloncesto de cantera de Madrid.

A los pequeños, al grupo de Marcos, empezamos a llamarles los "chinchetas". No recuerdo la razón exacta, pero creo que se debía a que campo que visitábamos, campo en el que no sólo ganábamos, sino que la impresión que dejábamos era apabullante. Fuimos metafóricamente poniendo chinchetas por todo el mapa de Madrid. Cuando hablábamos de ellos también usábamos el término "mandarinas" porque tenían tan buena mano que hasta el más manco, si alguno lo era, encestaba de tres con facilidad. Era un equipo espectacular. Y la grada era una fiesta, dado que, además de divertirnos con el espectáculo que nos regalaban nuestros hijos, muchos de nosotros compartíamos maneras de vivir, intereses y aficiones más allá del motivo que allí nos reunía. Aquello fue, con el debido respeto a los rivales, un auténtico paseo hasta llegar a los cuartos de final. Fueron muy pocos los equipos a los que no cerramos marcador.

En cuartos nos esperaba el Colegio Brains, que contaba con Max, ahora en el Real Madrid, un chaval con una potencia física tremenda, pero muy pocos recursos técnicos. En baloncesto, no obstante, y más cuando aún son tan pequeños, la fuerza y la altura marcan mucho la diferencia, como en nuestra casa sabíamos por experiencia propia. Por otra parte, todos los equipos, en cualquier deporte y categoría, utilizan las armas de las que disponen a discreción. Y, para nuestra sorpresa, el partido que disputamos allí se celebró en el gimnasio del colegio, en un espacio muy reducido que difícilmente podía cumplir las normas reflejadas en el reglamento y que además ponía en riesgo la integridad de los chavales, quienes tenían que intentar no golpearse con las columnas que había prácticamente encima de la línea lateral. Una vergüenza y una encerrona. Bastante hicieron los niños para acabar el partido sin lesionarse. Perdimos 42-38. Confiábamos que al día siguiente en Alcorcón, en un campo que sí cumplía las normas, la calidad de nuestros hijos le daría la vuelta al marcador para poder acceder a las semifinales y a la celebración más bonita del baloncesto en Madrid: el día del Mini, que reúne en un mismo pabellón y el mismo días a los cuatro mejores equipos masculinos y femeninos de cada categoría. Una auténtica fiesta en la que los chicos, aparte de los títulos y las medallas que ese día se repartirían, deseaban participar.

Mientras tanto, nos íbamos llevando las primeras decepciones al descubrir cómo, a partir de la categoría Infantil, el baloncesto de cantera madrileño sufre una transformación que afecta a los valores y al espíritu que tan protegidos por la Federación nos habían parecido hasta entonces. Sergio jugaba casi siempre en esa categoría, con los mayores, apenas veía a sus compañeros de generación, pero estaba feliz, tenía un rol importante en el equipo y la confianza de sus entrenadores. Además el grupo competía y tenía opciones de alcanzar los playoffs. La Selección de Madrid siguió llamándole para algunos entrenamientos y torneos, uno de ellos en Francia. No era un año en el que hubiese campeonatos o citas relevantes, como lo había sido el anterior o sería el siguiente, así que hubo muy pocas convocatorias. El problema es que el Real Madrid y la Federación, que son quienes regulan y dirigen la competición, no sólo permiten, sino que también fomentan la entrada en el campeonato a partir de esa categoría de chavales venidos de otros países, especialmente africanos y centroeuropeos de edad dudosa y físicos híperdesarrollados, que adulteran la competición y van paulatinamente desplazando a los chicos madrileños que hasta ese momento habían dado lustre a nivel nacional al trabajo que la Federación Madrileña desarrollaba con su cantera. Así pues, Sergio y sus compañeros se enfrentaban cada fin de semana con chavales recién aterrizados de Senegal, Montenegro o Croacia que les sacaban tres cabezas y quince quilos. El equipo acabó la temporada, a pesar de todo, en un meritorio quinto lugar y Sergio pudo finalmente volver a entrenar y jugar con sus amigos, que en categoría preinfantil habían llegado a semifinales. La temporada aún no había terminado y quedaba una medalla en juego.



Volviendo a Marcos, el partido que jugamos en Alcorcón contra el Colegio Brains y en el que debíamos remontar un marcador adverso de cuatro puntos suscitó una expectación inusitada, con el pabellón repleto y con gente de pie en uno de los fondos. Creo que fue uno de los partidos más reñidos y competidos que he presenciado en categorías inferiores. Se llegó al último minuto y, aunque íbamos ganando, la diferencia no era todavía suficiente. Me pongo en la piel de aquellos niños de ocho o nueve años, los nuestros y los otros, y pienso ahora que aquella presión era excesiva, que aquello no debería tratarse de quién consiguiese la victoria, sino de divertirse, y yo creo que allí ninguno de ellos lo estaba pasando bien. Hubo una última jugada en la que teníamos que encestar, los segundos iban pasando y conseguíamos posiciones de tiro, pero el balón no entraba, hasta que cayó en manos de Hugo, un chico dócil, cariñoso y trabajador, que sin duda se merecía ser el héroe aquel día, por cómo se relacionaba con su entorno, con curiosidad, inocencia y una sonrisa en la cara de esas que te hacen también sonreír. Y encestó. No hubo tiempo para más. Los padres saltamos a la cancha para felicitar a nuestros hijos, estábamos como locos, pero Juanpe, el entrenador, nos pidió calma e hizo que nuestros chicos fuesen primero a consolar a los perdedores. Un precioso gesto que creo habría repetido incluso sabiendo lo que un par de días después sucedió y que nos hizo darnos cuenta, una vez más aquella temporada, que no es oro todo lo que reluce.

Pero retomemos a Sergio, quien, tras la experiencia atesorada aquel año compitiendo en una categoría superior, se mostraba ambicioso y quería devolverle al club la confianza depositada en él con un título de Madrid. Las semifinales en categoría preinfantil se disputaron contra el gran favorito, Canoe. Era un reto poder superar a una de las grandes canteras de Madrid y además en un año en que habían formado un grupo muy competitivo en el que destacaban Iván, un pívot, elegante en cancha y muy educado fuera de ella, que llegó a jugar con la selección española, y Molina, un fino escolta al que se le caían los puntos de las manos. El primer partido se disputó en Pez Volador, una pista histórica que se llenó para aquel partido. Fue un encuentro precioso y muy competido en el que se llegó con un marcador de 42-42 al último segundo, momento en el que Sergio recibió una falta y, por lo tanto, tenía dos tiros libres y el partido en sus manos. Hay una regla no escrita en el baloncesto de cantera que consiste en que, cuando un niño va a lanzar tiros libres, el pabellón se calla. Aquel día empecé a cogerle manía a esa afición y a ese club. Mi hijo en la línea de tiros libres, teniendo que soportar mucha presión, y los seguidores de Canoe silbando, gritando y hasta hubo uno que cogió una silla de madera que había por ahí y comenzó a aporrear con ella la grada. Una vez más, empezábamos a comprender que el baloncesto tenía otra cara, una que hasta el momento había permanecido oculta y que nos sorprendía y decepcionaba a partes iguales. A Sergio le dio igual: anotó los dos tiros libres sin inmutarse y ganamos el partido.

Todos sabíamos que al día siguiente el partido de vuelta iba a ser durísimo, que Canoe lucharía y nos lo pondría muy difícil. Reconozco que el comportamiento del que había hecho gala la afición contraria el día anterior nos había enfadado bastante, que les esperábamos con el cuchillo entre los dientes y que ese día apretamos más de lo que acostumbrábamos. Algunos lo utilizaron como excusa durante los siguientes días para justificar lo que ocurrió sobre el parqué: "la afición de Alcorcón asustó a los chicos de Canoe", dijeron. Yo no fuí de los que más animaron, dado que creo que a los niños hay que dejarles jugar y no agobiarles con demasiado ruido, pero entiendo que quien siembra vientos, recoge tempestades. Y aquel día no sólo el equipo fue un tsunami. También la grada tronó sobre la tempestad que desde el primer minuto el equipo desató sobre Canoe. Se ganó con claridad, 85-42, y nos metimos en la gran final.

Fueron aquellos unos días de contrastes. La euforia que en el club y en nuestras casas se respiraba se vio empañada por una iniciativa del Colegio Brains y una decisión de la Federación de Baloncesto de Madrid que nos dejó atónitos y, una vez más, nos abrió los ojos ante un baloncesto que no reconocíamos. El partido que nuestros pequeños tan brillantemente habían disputado frente al ya mencionado colegio había sido impugnado y estábamos descalificados por alineación indebida. Hay muchos matices sobre esta decisión que comentaría si esta entrada no estuviese quedándome ya demasiado extensa. Maniobras sospechocas del rival y otras que olían muy mal procedentes de la Federación. Resumiré diciendo que nuestro entrenador había ignorado inconscientemente una norma de esas que buscan la inclusión de los chavales, una regla bien intencionada pero que se castigaba desmesuradamente. Poco se pudo hacer: ni la campaña que algunos iniciamos en redes sociales, ni las reclamaciones presentadas por el club, ni tampoco la iniciativa que los altos cargos del club, incluido nuestro presidente, pusieron en práctica al presentarse en partidos y eventos con una camiseta que rezaba "Todos somos Benjamín 08" surtieron efecto alguno. Estábamos descalificados y apartados del día del Mini. La tristeza de nuestros chicos era abrumadora. Al respecto comentaré que el Colegio Brains se acabó proclamando Campeón de Madrid, un campeonato que posiblemente habría sido nuestro de haberse desarrollado la historia de otra manera.



El 10 de junio de 2017, mientras se celebraba el Día del Mini, del que nos habían expulsado de manera tan cruel, nosotros teníamos una doble cita: la final de Preinfantil contra Villalba, en la que partíamos como favoritos, y la fiesta que habíamos preparado para que los pequeños se olvidasen de lo que se estaban perdiendo. Iban a disfrutar de una celebración muy especial que esperábamos poder hacer aún más grande con un título de Campeones de Madrid de los mayores.

Pero el partido de Villalba fue un despropósito de principio a fin, ya que éramos muy superiores. Creo que de diez veces que lo hubiésemos jugado, habríamos ganado nueve. Analizo hoy aquel encuentro y reconozco factores que nos lastraron, tales como el exceso de confianza, un planteamiento inicial erróneo, un arbitraje de dudosa imparcialidad... pero con la perspectiva que da el tiempo comprendo que aquel partido se perdió porque el entrenador contrario hizo una lectura mucho más acertada del mismo. Hizo que sus jugadores cargasen mucho el juego sobre nuestros grandes, entre los que se contaba Sergio, para que acumulasen faltas y jugasen condicionados. De hecho los tres terminaron expulsados y el partido se perdió por 69-62. Sergio lloraba como nunca lo había hecho. Sentía, a pesar de haber hecho un gran partido, que había decepcionado al club y a sus amigos. No había consuelo para él, estaba deshecho.

Habría resultado un día de amargo recuerdo y un broche infausto a una temporada extraña si no hubiese sido porque al final lo más importante que la cancha nos da siempre prevalece: la amistad y las ganas de divertirse. ¡Qué fiesta tan maravillosa pudimos disfrutar con los pequeños! ¡Qué generosidad la de David y Esther, los padres de aquel niño, Hugo, que había metido la canasta decisiva ante Brains, al poner a nuestra disposición su hogar y que no faltase de nada! ¡Que esfuerzo tan entrañable hizo Antonio Larrey, que espero me perdone por mencionarle sin pedir antes su permiso para ello, ejerciendo de sublime maestro de ceremonias en la entrega de premios que él mismo preparó, americana, corbata, atril y unas palabras muy especiales para cada uno de nuestros hijos incluidas! ¡Cómo corrió la cerveza! ¡De qué manera se impuso la complicidad que existía en aquel grupo de niños, padres y entrenadores sobre la desilusión que nos había generado aquel final de temporada! ¡Cuántas risas se escucharon aquella noche! A pesar de lo que aquel día y aquella temporada habíamos vivido, más decepciones que alegrías, tanto nosotros como nuestros hijos recuperamos aquella noche todo lo maravilloso que cada fin de semana la cancha nos da.



martes, 13 de diciembre de 2022

42 segundos

Me ha impresionado esta película española inspirada en la participación de nuestra selección nacional de waterpolo en las Olimpiadas de Barcelona de 1992, aquellas que coronaron como mejor jugador del mundo  a Manel Estiarte, dignamente interpretado por Alvaro Cervantes, y al que le da réplica un fantástico Jaime Lorente (Denver en La casa de papel) encarnando a Pedro García Aguado, al que todos conocemos por ser Hermano mayor y que actualmente ocupa el cargo de Director General de Juventud de la Comunidad de Madrid. No os voy a destripar la película, simplemente os recomiendo encarecidamente que reservéis un par de horas el próximo fin de semana para verla. La podéis encontrar en Amazon Prime y, si tenéis hijos a los que les guste el deporte, no dudéis en animarles a verla con vosotros. En estos días en que el mundo está pendiente del Mundial de fútbol de Qatar es un estupendo complemento.

La película me ha retrotraído inevitablemente a aquel verano de 1992, cuando yo arrastraba sólo diecinueve primaveras y en mi vida estaba a punto de irrumpir una maravillosa mujer que lo cambiaría todo. Barcelona se convirtió entonces en capital del mundo y todos los poros de esta piel que llamamos España rezumaban un espíritu de euforia y expectación, y unas ganas de gritarle al mundo: ¡Aquí estamos! ¡Podemos organizar los mejores Juegos de la historia!

Y lo cierto es que, si hiciésemos una encuesta sobre cuáles han sido los mejores Juegos Olímpicos de la era moderna, casi cualquier español, incluso los que no lo recuerdan, con ese orgullo de lo nuestro que nos caracteriza, afirmarán que fueron los de Barcelona. Yo, desde luego, así lo creo. Logísticamente supuso una hazaña en la que participó desde el más humilde plebeyo hasta el que hoy reina en este país, Felipe VI, que fue abanderado y participante en aquel evento mundial. Supuso el inicio de una etapa gloriosa del deporte español que aún perdura. Nunca habíamos presentado tantos deportistas a un acontecimiento de este calado, nunca habíamos subido tantas veces al podio, nunca habíamos tenido tan a mano tantos ejemplos de esfuerzo y superación que presentar como referentes a nuestros hijos. Aquellas semillas que se plantaron en Barcelona dieron años después sus frutos en los Rafa Nadal, Pau Gasol o Andrés Iniesta que tantos éxitos, antes imposibles de imaginar, han conquistado para nuestro país.

No creo que os cueste demasiado visualizarme, aún con la mayoría de edad en período de prácticas, sentado a todas horas delante del televisor, animando a Teresa Zabell, Luis Doreste, Daniel Plaza, Fermín Cacho, Antonio Peñalver, Kiko Narvaez y otros muchos que aquel verano se convirtieron en héroes para todos nosotros. Creo, por ejemplo, que la gran mayoría éramos unos completos ignorantes en lo que a la vela se refiere, pero todos jaleábamos a nuestros representantes y comentábamos las pruebas como si cada domingo nos echásemos a la mar con nuestro velero. Hasta seguíamos enfervorecidos la competición de deportes tan poco emocionantes como el tiro con arco. Al menos mis amigos y yo sí lo hacíamos.

Pero ver la película también despertó mi curiosidad sobre qué ha sido, treinta años después, de aquellos alrededor de los que el país entero giró durante un mes. Porque el deporte también deja juguetes rotos. Deportistas a los que la derrota o el triunfo consumieron, que se hundieron por la exigencia de la alta competición o porque fueron incapaces de sobrevivir apartados de los focos. Aunque la película no aborda este asunto más que de soslayo, yo era conocedor de que un componente de aquella mágica selección de waterpolo, años después, cuando ya todos ellos formaban parte de la memoria deportiva colectiva de este país, se había suicidado en extrañas circunstancias. Empezaron a venir a mi cabeza de forma inmediata los nombres de Diego Armando Maradona, Julio Alberto, Paul Gascoigne, Lamar Odom, el Chava Jiménez, Poli Díaz y tantos otros. Busqué en Google y descubrí para mi tranquilidad que, por ejemplo, Miriam Blasco, medalla olímpica en judo, dirige un gimnasio, o que Martín López-Zubero, el primer nadador español que consiguió una medalla olímpica, es ahora entrenador en Florida. Me llevé también alguna sorpresa, como que Antonio Peñalver, medalla de plata en decatlón, denunció a su entrenador, años después, por abusos sexuales, o que Daniel Plaza, aquel corredor de marcha que nos hizo vibrar a todos, se metió en política y acabó teniendo que abandonar por un escándalo también de índole sexual. Pero, para mi tranquilidad, prácticamente todos llevan hoy en día vidas normales.

El deporte es maravilloso, pero cuando llegas a la cima, debes saber que un día caerás desde esa altura y que nadie te va a poner un colchón para amortiguar la caída. Tal y como estoy contando en Lo que nos da la cancha, aunque en categorías inferiores, donde la distancia entre el cielo y el suelo es mucho menor, mi hijo Sergio estuvo ahí arriba y en ocasiones vi vértigo en sus ojos. Incluso creo que sintió alivio cuando le expulsaron de ese Olimpo al que elevamos a nuestros deportistas en el momento que dejan de ser anónimos para pasar a ser orgullo de todos. Y veo a los que acompañaron durante aquellos años a Sergio y que aún están ahí, subiendo raudos por las laderas de esa montaña, algunos ya muy cerca de la cima, y cruzo los dedos para que no les pase nada, para que el éxito o el fracaso no les prive de ser quienes realmente son. Para que el deporte sea siempre benigno con todos ellos.

sábado, 10 de diciembre de 2022

Nuestra ciénaga política

Me sugirió no hace mucho alguien que lee mi blog que me animase a escribir alguna entrada sobre la situación política en nuestro país y, con la inercia y la confianza que me proporciona escribir ahora a diario, la idea ha estado rondándome la cabeza durante un par de días, pero al final he optado por no adentrarme en ese jardín, al menos de momento. Intuyo que las magulladuras y los arañazos con los que saldría de semejante vergel serían profundos y dolorosos. Pero sí accederé, por darle ese gusto a quien me lo propuso, a argumentar mi negativa metiendo un poco la puntita.

Cuando yo estudiaba Periodismo en la universidad, era condición lógica y obligatoria para los profesionales que nuestro profesorado pretendía formar, leer muchos periódicos, ver muchos telediarios y, en definitiva, estar al día de todo lo que en el mundo ocurría, no sólo en nuestro país ni únicamente en el contexto político, aunque el mayor peso de los contenidos recaía precisamente en la política nacional. En aquellos tiempos el bipartidismo era todavía el modelo que imperaba en España, por mucho que la Izquierda Unida de Julio Anguita intentase, sin demasiado éxito, cambiar aquello. Analizábamos en clase, ejercicio con el que yo disfrutaba mucho, los titulares que los tres periódicos de mayor tirada entonces (El País, ABC y un recién nacido El Mundo) presentaban en sus portadas y comprobábamos cómo, según se redactase la noticia, el sentido de la misma viraba la opinión pública hacia la izquierda o hacia la derecha. Y lo mismo ocurría con las cadenas de radio y televisión. Era realmente instructivo, pero al mismo tiempo muy irritante, entender cómo los partidos políticos, a través de los medios, intentaban manipular a la gente. Yo podía entonces analizar y valorar cualquier artículo que me pusiesen delante, tanto en su forma como en su fondo y, por supuesto, podía deducir qué medio había publicado o emitido aquella noticia.

La política en nuestro país durante todos estos años se ha transformado de tal manera que las líneas se han difuminado hasta casi desaparecer y el discurso de los partidos se ha convertido en una ciénaga donde todo vale y poco se entiende. Decepción no es la palabra, tal vez desesperanza, quizá desconfianza, no sabría elegir el sentimiento que en mí provocaba, pero terminé hastiado de ver a unos y a otros llenándose los bolsillos a costa del españolito de a pie mientras esos mismos líderes se mordían con saña unos a otros y arrojaban a los ojos del rival barro, tierra y excrementos, más preocupados de dañar al oponente que de mejorar la vida de aquellos que les habían votado.

Hoy miro a Pedro Sánchez y algo me dice, más allá de sus actos y palabras, que no es de fiar, veo en sus ojos una mirada de divo que asusta. Miro a Feijoo y veo a un hombrecillo gris al que intuyo se le va a quedar grande la Presidencia. Miro a Ayuso y no puedo evitar una sensación de rechazo, a pesar de que admiro la distancia que a veces marca con su partido si de defender sus ideas, nos parezcan correctas o equivocadas, se trata. Miro a Santiago Abascal y veo un peligro para la sociedad del bienestar en la que vivimos. Miro a Irene Montero y veo a una feminista exaltada (lo primero merece mis elogios, lo segundo es un peligro y la combinación de ambas un dislate). Y así con todos.

Cierto es también, y esto no es responsabilidad de nuestra fauna política sino exclusivamente mía, que no disponer de una información completa y contrastada de los hechos al hablar sobre ellos equivale, desde mi punto de vista, a desinforrmar y no hay peor pecado para alguien que estudió Ciencias de la Información que ese. Y yo, desde hace ya tiempo, paso de puntillas por la actualidad política, tan sólo hojeando algún periódico y viendo a saltos algún telediario, lo que me desautoriza ante mí mismo a dar opiniones más profundas que las desprendidas de la atención mínima que les concedo.

Escribiendo esto me doy cuenta ahora de algo que arrastro desde hace muchos años y cuyo origen posiblemente se encuentre en las enseñanzas que adquirí en la Universidad. Esa tendencia mía, en todos los ámbitos de mi vida, a no dar información si no la he verificado antes, a agobiarme si descubro que la que he suministrado no es exacta y a apresurarme a rectificar cuando esto ocurre. 

Desinformar o manipular la información es quizá la herramienta más útil para dirigir a alguien hacia el lugar que uno quiere, y no me cabe ninguna duda, a pesar de no vivir ya colgado de los noticieros, de que en nuestro país y en estos tiempos, ser periodista no es ya lo que era. Porque hasta esa sagrada profesión se ha convertido en un negocio muy lucrativo en estos tiempos que corren, en los que todo se compra y se vende. Hasta la información. Sobre todo la información.

Así pues, salvo que ocurra algo que despierte mucho mi interés y sobre lo que además me encuentre debidamente informado, la política no será un tema sobre el que divague demasiado en este blog, y en caso de hacerlo, antes de entrar en nuestra ciénaga, será con botas para el agua y doble par de calcetines.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Choque generacional

Reconozco, y no me duelen prendas al admitirlo, que me cuesta alinearme con las nuevas generaciones. Imagino que lo mismo les ocurriría a mis padres cuando mis hermanos y yo éramos adolescentes y asumo que entender a nuestros hijos requiere, siempre por nuestra parte, faltaría más, un esfuerzo que ellos no reconocerán hasta que les toque darnos el relevo en la tarea de criar y educar a los cachorros que un día alumbren. Y si hay algo que me cuesta comprender es que ninguneen y desprecien lo que culturalmente les dejamos en herencia. Lo cortés no quita lo valiente o, en este caso, lo que puede considerarse natural no debería estar reñido con el respeto. Esa desafiante indiferencia ante lo que la generación anterior les lega no sólo me asombra, sino que en ocasiones me indigna. Mis padres, por ejemplo, escuchaban a José Luis Perales, Mocedades, Sergio y Estíbaliz y un largo etcétera que, cuando yo descubrí a Hombres G, Seguridad Social o Siniestro Total, se convirtieron para mí en representantes de una música caduca y especialmente irritante en aquellas escasas ocasiones en que nos embutíamos los seis en nuestro Seat 132 para emprender un viaje largo. Entiendo que estribillos como "sufre, mamón" o "cuánta puta y yo qué viejo" provocarían a mis padres sarpullidos morales tales como los que me generan a mí los que suenan en la habitación de mi hijo, del estilo "te toqué todo el punto G" o "perrea para mí que te voy a chingar". Pero yo no dejé de escuchar a Ana Belén, a Juan Pardo o incluso a Julio Iglesias, aunque lo hiciese con menor frecuencia, cuando me metía en mi cueva a leer, a escribir o a organizar mi colección de cromos primero y de cassettes más tarde.

Quizá esto se entienda mejor con un ejemplo. La otra noche, mientras preparábamos la cena, Marcos y yo empezamos a hablar de música e intercambiamos canciones. Seleccionó "Cachitos de mi cora", de Kadec Santa Anna, un grupo desconocido para mí al que parece haberse aficionado últimamente. Él enharinaba las alitas de pollo y yo adecentaba unos pimientos para que estuviesen presentables al entrar en el horno. Escuché el tema con atención y buena predisposición, pero el cantante hacía gala de una voz horrenda y la letra de la canción... bueno, os dejo la primera estrofa para que vosotros mismos juzguéis:

No veas lo que duele vernos sonreír en fotos

No me acaricies fuerte que estoy roto

Soy un niñato de mierda caprichoso

Ni quiero que estés conmigo ni quiero que estés con otro

Pura poesía, vamos. Respecto a las cualidades vocales del individuo en cuestión, que yo había denostado sin compasión alguna, Marcos alegó que "claro, papá, se fuma unos porros de aquí a Lima",  lo cual me tranquilizó enormemente ya que deduje que intrínsecamente estaba repudiando esa afición. Respecto a lo que el solista aullaba, se pronunció, absolutamente admirado y diría que hasta emocionado, argumentando que "joé, papá, es que es una pasada, te toca el cora". Le faltó añadir "colega" al final de la frase. O como digan ahora.

A su vez yo elegí "Cruz de navajas" de Mecano. Ya lo sé, vaya tema fui a elegir, pero había estado ese día reproduciendo una playlist de música española de los años ochenta y fue la primera que me vino a la cabeza. Quería además que la canción escogida narrase una historia, que no se limitase a repetir tópicos que pudiesen aburrirle. El caso es que, tras terminar Ana Torroja la primera estrofa, Marcos me informó de que no estaba entendiendo nada de la canción y que no le encontraba el ritmo por ningún lado. 

- Y además, ¿quién es Mecano?

Detuve la canción y le expliqué que el tema habla sobre una pareja que, por incompatibilidad de horarios en sus trabajos, apenas coinciden, que el amor se les está apagando. Que María quiere echar un polvo, pero que no hay manera. A ver si con ese lenguaje entendía mejor el quid de la cuestión.


Tuve que ir parando después de cada estrofa para explicarle cómo evolucionaba la película que allí se contaba: que María le pone los cuernos a Mario, que él los descubre en plena faena, que se lían a navajazos, etc., pero antes de que el tema finalizase, me dijo "papá, esto es una mierda" e hizo amago de marcharse. Yo no estaba dispuesto a rendirme y puse sobre el tapete una de mis armas más potentes: "Pacto entre caballeros", de Joaquín Sabina, presumiendo que por ritmo y contenido tal vez le resultaría más cercana. Craso error. Para cuando el maestro nos está poniendo al corriente de los encantos de María, la cachonda, la sonrisa de guasa que asomaba a la cara de Marcos era señal inequívoca de que había llegado el momento de ondear la bandera blanca, así que allí me quedé yo, escuchando "mucha, mucha policía" y pensando entretanto que, de no remediarlo de alguna manera, mi hijo será uno de los que en el futuro llenará los bolsillos del Ozuna de turno reproduciendo sus vídeos en Youtube, los de Raw Alejandro añadiendo sus canciones a las stories de Instagram y que, si le da por leer, porque esa es otra alergia que mis hijos padecen y que yo, como ávido lector que soy, siento como mi mayor derrota en este choque generacional, me deberé sentir afortunado si elige "Cómo ser influencer desde casa sin mover un dedo", escrito por cualquier cantamañanas que no sabrá ni quién era Don Miguel de Cervantes ni si el apellido de ese señor se escribe con b o con v.

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